Porque no hay nada que celebrar
Tengo un enfoque psicosocial atravesado en la garganta. El de imaginar a un psiquiatra honesto que dice: "Yo sé que tus males no tienen un origen genético ni biológico, pero lo único que puedo hacer, con los recursos de que dispongo, es recetarte pastillas". El de lamentarme y desesperarme y solidarizarme con las víctimas del TAI en EEUU, ese TAI recientemente aprobado, en todos los estados a la vez, porque cuando se ponen de acuerdo, nunca es para nada bueno. El de indignarme y horrorizarme por las 17 vidas perdidas en Japón, (esas que ya no valian nada porque total, eran enfermos mentales, ¿no?) debido al inyectable Xeplión, el producto estrella de la Janssen. (17 muertes, ¿cómo pudo llegar a 17? no lo entiendo, no lo entiendo y no lo entiendo). El del fascismo que avanza, robando todas las esperanzas de una vida digna, si es que nos quedaba alguna.
Tengo un enfoque psicosocial atravesado en la garganta, que me roba la alegría, y el placer, y las ganas de estudiar. El de pensar que da igual lo que se haga, porque lo queda por hacer es siempre un infierno de dimensiones incalculables. El que me hace despertarme a veces triste, a veces de mal humor, pero siempre sin ganas de salir ahí afuera, aunque finalmente salga porque me lleno de compromisos para tener que salir, precisamente. Y por suerte, todavía pasan cosas que hacen que valga la pena haber salido.
Tengo un enfoque psicosocial atravesado en la garganta, que tiene que ver con la maldad, con la ignorancia, con el poder del dinero o de la autocompasión, con escuchar el discurso del opresor en boca del oprimido, y con no saber ya cual es mi lugar en medio de todo esto, si es que hay alguno.
Me estoy curando de mi enfermedad mental, compuesta de optimismo patológico, manía autoinducida y reservas de esperanza para repartir como si fueran caramelos. Y la Salud Mental, en este caso como en tantos otros, una vez más, es una decepción.
Termino con un enfoque Mad Pride: enfermar de nuevo cuanto antes.
jueves, 10 de abril de 2014
martes, 18 de marzo de 2014
SANGRE FUCSIA
Sangre Fucsia es el nombre de un perfil de redes sociales, vinculado a Feminismos Sol. Esta semana nos han hecho un regalo, a las mujeres psiquiatrizadxs, y a todo el mundo, en realidad. Un programa de radio curradísimo, riguroso, muy bien producido y desarrollado, con un tema central: Feminismo y Salud Mental.
Sin complejos, sin casarse con nadie (no esperábamos otra cosa ;)), con honestidad, con una buenísima selección de textos, música, fragmentos de películas, diarios, blogs (incluido este, agradecidísima por cierto por la sorpresa de "escucharme" por la radio, sin esperármelo). En fin, que sobran las palabras...mejor escucharlas YA!!
Feminismo y Salud Mental
Espero comentarios, por favor.
Sin complejos, sin casarse con nadie (no esperábamos otra cosa ;)), con honestidad, con una buenísima selección de textos, música, fragmentos de películas, diarios, blogs (incluido este, agradecidísima por cierto por la sorpresa de "escucharme" por la radio, sin esperármelo). En fin, que sobran las palabras...mejor escucharlas YA!!
Feminismo y Salud Mental
Espero comentarios, por favor.
lunes, 17 de marzo de 2014
Diagnóstico y actividad intelectual/laboral.
El activismo en salud mental tiene muchas caras, y las voy descubriendo a medida que pasan los años.
Quizá lo mejor de toda esta aventura es aprender a comprender a las personas, pero sobre todo, creer en ellas, aún cuando a veces ellas no creen en si mismas, o no del todo. Los discursos psiquiátricos le han metido a muchas personas en la cabeza una cantidad indecente de límites que funcionan como una profecía autocumplida. Hay un tipo de límites que me molesta especialmente: los intelectuales. En nombre de proteger al "paciente" del estrés que pudiera "desencadenar una crisis", se les aboca a actividades de poca o nula exigencia intelectual, aún cuando la persona tenga un nivel formativo (previo al diagnóstico) alto o muy alto. En el fondo, da igual el nivel educativo previo, existen programas para incorporarse a la universidad a cualquier edad, y cualquier persona puede tener esa inquietud en algún momento de su vida, independientemente de su formación previa. En concreto, hace poco hablaba con un amigo, licenciado en filología, y al que el diagnóstico le pilló haciendo el doctorado. Me contaba que la psiquiatra le había dicho que si quería seguir estudiando, se orientase mejor hacia algo práctico, de menor exigencia intelectual, por aquello de "no estresarse", pero sobre todo, me contaba que esa psiquiatra le había transmitido desesperanza, lo que popularmente se llama "no dar un duro por ti".
Como he contado alguna vez por aquí, estudiar me sienta estupendamente, y no se me da mal. Que sobrevenga una "crisis" mientras se está estudiando puede implicar moderar el ritmo durante un tiempo, o incluso perder un curso escolar, pero nada más, y no de forma diferente a romperte una pierna a final de curso, y que el resultado sea el mismo. Pero de ahí a responsabilizar a la actividad académica de la crisis va un trecho.(Además, y ya poniéndome picajosa, no casa con el paradigma biologicista: si es tu cerebro, ¿cómo van a ser los estudios?) ¿Habrá algún oscuro interés social, económico o político, para que las personas con diagnósticos psiquiátricos no ocupen determinadas profesiones, determinados cargos? ¿Resultará más práctico, y mucho más rentable, que estén disponibles como reserva de trabajadores no cualificados, listos para encargarse de tareas de poca o nula cualificación profesional, equiparable al salario?
Evidentemente no a todo el mundo le gusta estudiar, y resulta tan digno ser jardinera como ser profesora, pero no deja de ser mosqueante que la proporción de personas con diagnósticos dedicadas a la jardinería, el catering o la limpieza sea abrumadoramente alta, y favorecida además por ser estas las actividades que suelen ofrecerse en las bolsas de "empleo protegido". Que no me digan a mi que no es un fenómeno estructural, y que no recuerda poderosamente al fenómeno, también estructural, de feminización de la pobreza. Tampoco me suena, ya que estamos, haber oído hablar de servicios de orientación laboral gestionados por personas con diagnósticos. Sé que entre las personas diagnosticadas hay licenciadxs en todo lo que nos podemos imaginar, pero de alguna forma, todo el mundo siente, una vez que ha sido "agraciado" con el pack diagnóstico+pastillas, que su vida ahora es otra, en todos los sentidos, que vale menos, que ya no podrá trabajar, que no está recicladx, que no debe estresarse.... Y los que logran sobreponerse a estas profecías autocumplidas, e incorporarse, o seguir incorporados, al mundo laboral ordinario, lo hacen a costa de ocultar su diagnóstico en ese ámbito, prevención totalmente comprensible, pero que por otra parte invisibiliza su presencia en estos ámbitos laborales "no protegidos".
Por otro lado, este panorama socio-laboral contrasta con el mantra de ciertas campañas "anti-estigma":
"El enfermo puede llevar una vida normal tomando la medicación".
¡¡Genial!! Entonces, ¿Es "normal" dejar tus estudios? ¿Es "normal" meterte a jardinero o ayudante de catering cuando tu profesión es ser matemáticx? ¿Es "normal" que la misma persona que te pone el diagnóstico y te receta las pastillas te disuada de tu vocación académica o laboral de un plumazo? ¿Hay una "normalidad" especialmente reservada para personas con diagnósticos que no se parece en nada a la "normalidad normal" del resto?
A finales del mes pasado, en Madrid, tuvieron lugar las Jornadas de Contrapsicología y Antipsiquiatría, en las que tuve el honor y el placer de ser invitada a charlar por L-Mental, el colectivo organizador. En ellas, Laura Martin, de La Revolución Delirante, comentaba que, si antes los muros que nos encerraban eran físicos, los muros del manicomio, actualmente son simbólicos: el diagnóstico. Porque, evidentemente, el diagnóstico no es una entidad física, sino ligüística, es solo una forma de nombrar, un acto performativo (porque te nombro con un diagnóstico, existes como diagnosticadx) Y sin embargo...¡¡cuanto poder!!, ¿no?
Entonces, una batalla posible es renombrarnos, a nosotrxs mismxs, con nuestras propias palabras. Renombrar lo que sentimos, lo que hacemos, lo que queremos hacer, lo que nos resulta fácil y lo que nos cuesta, pero sin perder de vista que, al nombrarnos como muros, nos encerramos en ellos.
Quizá lo mejor de toda esta aventura es aprender a comprender a las personas, pero sobre todo, creer en ellas, aún cuando a veces ellas no creen en si mismas, o no del todo. Los discursos psiquiátricos le han metido a muchas personas en la cabeza una cantidad indecente de límites que funcionan como una profecía autocumplida. Hay un tipo de límites que me molesta especialmente: los intelectuales. En nombre de proteger al "paciente" del estrés que pudiera "desencadenar una crisis", se les aboca a actividades de poca o nula exigencia intelectual, aún cuando la persona tenga un nivel formativo (previo al diagnóstico) alto o muy alto. En el fondo, da igual el nivel educativo previo, existen programas para incorporarse a la universidad a cualquier edad, y cualquier persona puede tener esa inquietud en algún momento de su vida, independientemente de su formación previa. En concreto, hace poco hablaba con un amigo, licenciado en filología, y al que el diagnóstico le pilló haciendo el doctorado. Me contaba que la psiquiatra le había dicho que si quería seguir estudiando, se orientase mejor hacia algo práctico, de menor exigencia intelectual, por aquello de "no estresarse", pero sobre todo, me contaba que esa psiquiatra le había transmitido desesperanza, lo que popularmente se llama "no dar un duro por ti".
Como he contado alguna vez por aquí, estudiar me sienta estupendamente, y no se me da mal. Que sobrevenga una "crisis" mientras se está estudiando puede implicar moderar el ritmo durante un tiempo, o incluso perder un curso escolar, pero nada más, y no de forma diferente a romperte una pierna a final de curso, y que el resultado sea el mismo. Pero de ahí a responsabilizar a la actividad académica de la crisis va un trecho.(Además, y ya poniéndome picajosa, no casa con el paradigma biologicista: si es tu cerebro, ¿cómo van a ser los estudios?) ¿Habrá algún oscuro interés social, económico o político, para que las personas con diagnósticos psiquiátricos no ocupen determinadas profesiones, determinados cargos? ¿Resultará más práctico, y mucho más rentable, que estén disponibles como reserva de trabajadores no cualificados, listos para encargarse de tareas de poca o nula cualificación profesional, equiparable al salario?
Evidentemente no a todo el mundo le gusta estudiar, y resulta tan digno ser jardinera como ser profesora, pero no deja de ser mosqueante que la proporción de personas con diagnósticos dedicadas a la jardinería, el catering o la limpieza sea abrumadoramente alta, y favorecida además por ser estas las actividades que suelen ofrecerse en las bolsas de "empleo protegido". Que no me digan a mi que no es un fenómeno estructural, y que no recuerda poderosamente al fenómeno, también estructural, de feminización de la pobreza. Tampoco me suena, ya que estamos, haber oído hablar de servicios de orientación laboral gestionados por personas con diagnósticos. Sé que entre las personas diagnosticadas hay licenciadxs en todo lo que nos podemos imaginar, pero de alguna forma, todo el mundo siente, una vez que ha sido "agraciado" con el pack diagnóstico+pastillas, que su vida ahora es otra, en todos los sentidos, que vale menos, que ya no podrá trabajar, que no está recicladx, que no debe estresarse.... Y los que logran sobreponerse a estas profecías autocumplidas, e incorporarse, o seguir incorporados, al mundo laboral ordinario, lo hacen a costa de ocultar su diagnóstico en ese ámbito, prevención totalmente comprensible, pero que por otra parte invisibiliza su presencia en estos ámbitos laborales "no protegidos".
Por otro lado, este panorama socio-laboral contrasta con el mantra de ciertas campañas "anti-estigma":
"El enfermo puede llevar una vida normal tomando la medicación".
¡¡Genial!! Entonces, ¿Es "normal" dejar tus estudios? ¿Es "normal" meterte a jardinero o ayudante de catering cuando tu profesión es ser matemáticx? ¿Es "normal" que la misma persona que te pone el diagnóstico y te receta las pastillas te disuada de tu vocación académica o laboral de un plumazo? ¿Hay una "normalidad" especialmente reservada para personas con diagnósticos que no se parece en nada a la "normalidad normal" del resto?
A finales del mes pasado, en Madrid, tuvieron lugar las Jornadas de Contrapsicología y Antipsiquiatría, en las que tuve el honor y el placer de ser invitada a charlar por L-Mental, el colectivo organizador. En ellas, Laura Martin, de La Revolución Delirante, comentaba que, si antes los muros que nos encerraban eran físicos, los muros del manicomio, actualmente son simbólicos: el diagnóstico. Porque, evidentemente, el diagnóstico no es una entidad física, sino ligüística, es solo una forma de nombrar, un acto performativo (porque te nombro con un diagnóstico, existes como diagnosticadx) Y sin embargo...¡¡cuanto poder!!, ¿no?
Entonces, una batalla posible es renombrarnos, a nosotrxs mismxs, con nuestras propias palabras. Renombrar lo que sentimos, lo que hacemos, lo que queremos hacer, lo que nos resulta fácil y lo que nos cuesta, pero sin perder de vista que, al nombrarnos como muros, nos encerramos en ellos.
martes, 4 de marzo de 2014
jueves, 27 de febrero de 2014
Semana meiga
Siempre que lo necesito, mi delirio preferido viene a echarme un cable, a conectarme, con esa extraña mezcla de dolor y electricidad que se transforma en otra cosa, en algo con lo que poder empezar a pensar en reconstruirse, y llorar bajito, acompañadxs.
(- Y tú, ¿le temes a Chuky?
- ¡No!¡Yo no le temo a nadie! ¡Ni a Malamén!
- ¿Quién es Malamén?
- No lo sé, pero siempre que rezaba decíamos al final "Y líbranos del Malamén")
viernes, 7 de febrero de 2014
Joan García, compañero de Radio Nikosia, amigo, que este viaje te sea leve.
Cuando te conocí en el seminario de Lanzarote, hace más de dos años, ya no hablabas. Con palabras audibles, porque tuvimos conversaciones apasionantes con los ojos, con los gestos, con los papelitos... Ya estabas enfermo, y aún así, lo que más recuerdo es tu cara feliz en el coche, recorriendo la isla con el calorcito del sol. Y los abrazos que nos dimos, y la fuerza que me diste, y la pulsera que te pinté, y los emails...
Ahora estoy muy triste, quisiera verte, verte, verte, verte otra vez. Ya no voy a verte con los ojos abiertos, ni tocarte, pero sé que voy a verte muchas veces más, que vendrás a verme en cualquier momento, en cualquier situación. Unas veces me hará llorar, otras reír, y casi todas luchar, seguir tu ejemplo enorme.
Hoy brindamos por ti en Radio Prometea, y me faltaban las palabras.
El resto del tiempo que nos quede, va a ser todo el rato en tu memoria.
E imagino que estás conmigo en un bar, y que hablamos de locura y derechos humanos, hasta el amanecer.
Ahora estoy muy triste, quisiera verte, verte, verte, verte otra vez. Ya no voy a verte con los ojos abiertos, ni tocarte, pero sé que voy a verte muchas veces más, que vendrás a verme en cualquier momento, en cualquier situación. Unas veces me hará llorar, otras reír, y casi todas luchar, seguir tu ejemplo enorme.
Hoy brindamos por ti en Radio Prometea, y me faltaban las palabras.
El resto del tiempo que nos quede, va a ser todo el rato en tu memoria.
E imagino que estás conmigo en un bar, y que hablamos de locura y derechos humanos, hasta el amanecer.
jueves, 6 de febrero de 2014
De verdad te lo juro osea. (Lo empiezan a decir hasta en las revistas especializadas, fíjate)
Que sí... que de todas las personas que conozco con diagnósticos de TMG (lagarto, lagarto), están mejor las que no toman antipsicóticos.
Por varias razones:
- No sufren los efectos secundarios de los antipsicóticos, y es todo un descubrimiento volver a sentir un montón de cosas, a veces tan básicas y necesarias como reirse o tener un orgasmo
- No sufren ni han sufrido síndromes de abstinencia que les hayan provocado ingresos porque los han dejado poco a poco.
- No están desinformadas en relación a "lo suyo" porque precisamente han tomado esa decisión por estar bien y suficientemente informadas
- Son muy conscientes de que la suya es una decisión valiente, en contra del discurso machacón e interesado de la mayoría de psiquiatras, que no suelen estar por la labor de ayudar en ese proceso.
- Esa consciencia hace que se informen muy bien sobre alternativas si reaparecen los sintomas, y sobre procesos y posibles efectos de la reducción, para adelantarse y tener recursos si aparecen.
- Tienen una buena red afectiva, de amigxs, familiares, que les acompaña y apoya en su decisión, que están cerca emocional y físicamente, y que se ofrecen a ser consultados, visitados, llamados, etc, en cualquier momento.
- Se cuidan más y mejor que cuando estaban medicadxs, precisamente porque ya no se fían de los profesionales, puesto que les negaron apoyo para empoderarse de esa forma.
- Es más habitual que estén en contacto con otras personas que pasan o pasaron procesos parecidos, reforzando las redes de ayuda mutua, el intercambio de información y el asociacionismo. Un ejemplo conocido, a nivel internacional, es la red Hearing Voices, actualmente en construcción por estas tierras.
- Se han perdido el miedo (Están deconstruyendo el autoestigma)
- Porque saben que recuperarse no es estar siempre bien (eso es una utopía para cualquier persona, con diagnóstico o sin él), sino tener conocimiento, confianza y apoyo para cuando se está mal.
- Porque ya han perdido demasiado tiempo de sus vidas drogadxs, y el que queda lo quieren aprovechar bien.
- Porque al dejar la medicación recuperan energía, y concentración, y otras capacidades que les hacen emprender proyectos vitales con ilusión, con ganas...y buena compañía.
Por varias razones:
- No sufren los efectos secundarios de los antipsicóticos, y es todo un descubrimiento volver a sentir un montón de cosas, a veces tan básicas y necesarias como reirse o tener un orgasmo
- No sufren ni han sufrido síndromes de abstinencia que les hayan provocado ingresos porque los han dejado poco a poco.
- No están desinformadas en relación a "lo suyo" porque precisamente han tomado esa decisión por estar bien y suficientemente informadas
- Son muy conscientes de que la suya es una decisión valiente, en contra del discurso machacón e interesado de la mayoría de psiquiatras, que no suelen estar por la labor de ayudar en ese proceso.
- Esa consciencia hace que se informen muy bien sobre alternativas si reaparecen los sintomas, y sobre procesos y posibles efectos de la reducción, para adelantarse y tener recursos si aparecen.
- Tienen una buena red afectiva, de amigxs, familiares, que les acompaña y apoya en su decisión, que están cerca emocional y físicamente, y que se ofrecen a ser consultados, visitados, llamados, etc, en cualquier momento.
- Se cuidan más y mejor que cuando estaban medicadxs, precisamente porque ya no se fían de los profesionales, puesto que les negaron apoyo para empoderarse de esa forma.
- Es más habitual que estén en contacto con otras personas que pasan o pasaron procesos parecidos, reforzando las redes de ayuda mutua, el intercambio de información y el asociacionismo. Un ejemplo conocido, a nivel internacional, es la red Hearing Voices, actualmente en construcción por estas tierras.
- Se han perdido el miedo (Están deconstruyendo el autoestigma)
- Porque saben que recuperarse no es estar siempre bien (eso es una utopía para cualquier persona, con diagnóstico o sin él), sino tener conocimiento, confianza y apoyo para cuando se está mal.
- Porque ya han perdido demasiado tiempo de sus vidas drogadxs, y el que queda lo quieren aprovechar bien.
- Porque al dejar la medicación recuperan energía, y concentración, y otras capacidades que les hacen emprender proyectos vitales con ilusión, con ganas...y buena compañía.
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