cántame bajito
como si supieras
quiébrate la voz
y tócame toda
llévame las fantasías de paseo
suéltame otra vez el pelo
despiértame pronto
dime que no me quieres
recuerda mi nombre
olvídame entera
dame treguas
de siete leguas
sábado, 4 de noviembre de 2017
viajes al anterior
encontré un alma
en el suelo
sin tiempo
ni argumentos
allí sola
pidiendo
llorar a la carta
las ausencias
de ella misma
¿qué más quieres?
¿quieres más?
en el suelo
sin tiempo
ni argumentos
allí sola
pidiendo
llorar a la carta
las ausencias
de ella misma
¿qué más quieres?
¿quieres más?
MAD PRIDE
Cuando a una persona le han pasado las cosas que me han pasado a mí, y en lugar de hundirse ha renombrado y resignificado la vulnerabilidad como fuerza, las sospechas que despierta son interminables. Que sospechen de mí es una anécdota comparado con todo lo demás, con todo lo que me ha tocado soportar precisamente por no sospechar de cómo se las gastaban ciertas personas o instituciones.
Locofóbicos del mundo, que corra el aire, que no tengo el coño para farolillos.
Me da igual lo que se diga de mí, yo sé quien soy y las personas queridas lo saben también. Lo demás son expresiones del aburrimiento existencial que ahoga a los que no tienen ni puñetera idea de lo que es el cariño, que no lo reconocen ni aunque se lo sirvan en la mesa con vino caro y arroz de rebañar. Pues que coman sopa de sobre, o que no coman, o que se asfixien con sus propios pedos.
La primera en llamarme loca soy yo, y a mucha honra. Gracias a la locura he conocido a personas indescriptiblemente maravillosas, que siguen siendo amigas después de años, y mira que soy poco de fiar, qué cosas. Gracias a la locura agarré mi locura por los cuernos hasta dejar de mentirme a mí misma, lo cual constituye tal herramienta para la vida que no puede sino generar envidia a cualquier narcisita despistado, o despistada, y mira que hay de eso (No tenemos paz). Gracias a la locura pude adentrarme en locuras ajenas sin morir en el intento, y mira que algunas enseñaban los dientes, colaborando en la reducción del sufrimiento, en cierta medida, y siempre y cuando hubiese la mínima cooperación del otro lado. Gracias a la locura me he perdonado, he reconstruido mi dignidad, ha aumentado mi sentido del humor, me he vuelto perspicaz, lúcidamente consciente de mí, más cariñosa, más paciente, y me temo que mejor persona. Gracias a la locura he desalojado de mi persona uno de los miedos más grandes del ser humano, que es el miedo a volverse loco. Tantas bondades tiene la locura, que sinceramente compadezco a los sanos, porque sus miedos no son de este mundo.
La última locura de ida y vuelta fue el amor romántico.
Hola vida.
Buenas tardes de radio, en breve empezamos otro pedazo de programa de Radio Prometea, en la emisora resistente Cuac.fm. Contaremos con compañerxs de lucha del COPG
(Colexio de Psicoloxía de Galicia), con quienes charlaremos sobre las próximas jornadas del 18 de noviembre. Esas de tanlindo título: "Mal de moitos, tarefa de todos".
Locofóbicos del mundo, que corra el aire, que no tengo el coño para farolillos.
Me da igual lo que se diga de mí, yo sé quien soy y las personas queridas lo saben también. Lo demás son expresiones del aburrimiento existencial que ahoga a los que no tienen ni puñetera idea de lo que es el cariño, que no lo reconocen ni aunque se lo sirvan en la mesa con vino caro y arroz de rebañar. Pues que coman sopa de sobre, o que no coman, o que se asfixien con sus propios pedos.
La primera en llamarme loca soy yo, y a mucha honra. Gracias a la locura he conocido a personas indescriptiblemente maravillosas, que siguen siendo amigas después de años, y mira que soy poco de fiar, qué cosas. Gracias a la locura agarré mi locura por los cuernos hasta dejar de mentirme a mí misma, lo cual constituye tal herramienta para la vida que no puede sino generar envidia a cualquier narcisita despistado, o despistada, y mira que hay de eso (No tenemos paz). Gracias a la locura pude adentrarme en locuras ajenas sin morir en el intento, y mira que algunas enseñaban los dientes, colaborando en la reducción del sufrimiento, en cierta medida, y siempre y cuando hubiese la mínima cooperación del otro lado. Gracias a la locura me he perdonado, he reconstruido mi dignidad, ha aumentado mi sentido del humor, me he vuelto perspicaz, lúcidamente consciente de mí, más cariñosa, más paciente, y me temo que mejor persona. Gracias a la locura he desalojado de mi persona uno de los miedos más grandes del ser humano, que es el miedo a volverse loco. Tantas bondades tiene la locura, que sinceramente compadezco a los sanos, porque sus miedos no son de este mundo.
La última locura de ida y vuelta fue el amor romántico.
Hola vida.
Buenas tardes de radio, en breve empezamos otro pedazo de programa de Radio Prometea, en la emisora resistente Cuac.fm. Contaremos con compañerxs de lucha del COPG
(Colexio de Psicoloxía de Galicia), con quienes charlaremos sobre las próximas jornadas del 18 de noviembre. Esas de tanlindo título: "Mal de moitos, tarefa de todos".
"Psicotic calzaslargas"
Así me llama. Me encanta.
"Estoy algo atascada en una relación adictiva y poco más, y por lo tanto muy dañina, desde hace varios años. Que no consigo salir, que da igual el veneno que reciba o que envíe de vuelta. Es agotador y destructivo. Y no consigo salir. A veces es el deseo, otras la compasión, otras la rabia, siempre hay disculpas para recaer. En ocasiones me siento fuerte y de buen humor, y creo tenerlo todo bajo control. Es mentira. No controlo. Es más fuerte que yo".
Así empezaba la entrada que iba a publicar, como un reconocimiento del problema que, dicen, es el primer paso para salir de él. Pero como va por días, y esta relación es tan cíclica como sus participantes, hoy no me importa demasiado.
No es para tanto. Hoy no.
Porque la vida sigue, y porque la exposición de Lita Cabellut me ha conmovido. La ONU insta a abandonar el modelo biologicista en salud mental, y algunas asociaciones de profesionales empiezan a sumarse. He conseguido, por fin, apuntarme a una academia para preparar en serio las oposiciones. Mis días están más llenos de amistad y proyectos que de malas sensaciones. Cada vez me siento más a gusto en el trabajo, y lo disfruto. De vez en cuando pinto algo, y aunque apenas tengo tiempo para eso, ni para seguir con la percusión, son actividades que reservo con ilusión para cuando llegue su momento.
Me cansa y me aburre la rabia contra mí de una persona a la que quiero mucho, sentimiento ligeramente raro. Pero su rabia no es de este mundo, y yo tampoco soy la culpable por sacudirme la parte que me toca a golpe de escritura. (Bueno, un poco quizás sí, pero sin exagerar). Cualquiera que me lea desde hace tiempo sabe que lo quiero más de lo que sería justo dado el panorama, que si escribo en clave de parodia punkfeminista es solo para poner límites y reencontrarme cuando esa rabia me salpica. Casi parece que me ofrezco de frontón para su pelotera, hasta ese punto le tengo cariño. No suelo ir de víctima tampoco, asumo mi parte y apechugo con las consecuencias. El precio de la libertad siempre fue alto, más para las mujeres, más aún para las mujeres feministas. Y ya no digamos feministas locas (conceptos que han llegado a ser sinónimos):
No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente, Virginia Woolf
Lo personal es político, Kate Miller
La culpa es la mejor arma de tortura contra las mujeres, Elena Poniatowska
Pero las feministas ya no creemos en la culpa, ni en la reputación. El precio de la libertad es alto, pero su sabor lo es más aún. Si es que vamos provocando...
"Estoy algo atascada en una relación adictiva y poco más, y por lo tanto muy dañina, desde hace varios años. Que no consigo salir, que da igual el veneno que reciba o que envíe de vuelta. Es agotador y destructivo. Y no consigo salir. A veces es el deseo, otras la compasión, otras la rabia, siempre hay disculpas para recaer. En ocasiones me siento fuerte y de buen humor, y creo tenerlo todo bajo control. Es mentira. No controlo. Es más fuerte que yo".
Así empezaba la entrada que iba a publicar, como un reconocimiento del problema que, dicen, es el primer paso para salir de él. Pero como va por días, y esta relación es tan cíclica como sus participantes, hoy no me importa demasiado.
No es para tanto. Hoy no.
Porque la vida sigue, y porque la exposición de Lita Cabellut me ha conmovido. La ONU insta a abandonar el modelo biologicista en salud mental, y algunas asociaciones de profesionales empiezan a sumarse. He conseguido, por fin, apuntarme a una academia para preparar en serio las oposiciones. Mis días están más llenos de amistad y proyectos que de malas sensaciones. Cada vez me siento más a gusto en el trabajo, y lo disfruto. De vez en cuando pinto algo, y aunque apenas tengo tiempo para eso, ni para seguir con la percusión, son actividades que reservo con ilusión para cuando llegue su momento.
Me cansa y me aburre la rabia contra mí de una persona a la que quiero mucho, sentimiento ligeramente raro. Pero su rabia no es de este mundo, y yo tampoco soy la culpable por sacudirme la parte que me toca a golpe de escritura. (Bueno, un poco quizás sí, pero sin exagerar). Cualquiera que me lea desde hace tiempo sabe que lo quiero más de lo que sería justo dado el panorama, que si escribo en clave de parodia punkfeminista es solo para poner límites y reencontrarme cuando esa rabia me salpica. Casi parece que me ofrezco de frontón para su pelotera, hasta ese punto le tengo cariño. No suelo ir de víctima tampoco, asumo mi parte y apechugo con las consecuencias. El precio de la libertad siempre fue alto, más para las mujeres, más aún para las mujeres feministas. Y ya no digamos feministas locas (conceptos que han llegado a ser sinónimos):
No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente, Virginia Woolf
Lo personal es político, Kate Miller
La culpa es la mejor arma de tortura contra las mujeres, Elena Poniatowska
Pero las feministas ya no creemos en la culpa, ni en la reputación. El precio de la libertad es alto, pero su sabor lo es más aún. Si es que vamos provocando...
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Rajmáninov y la lluvia
Bajo la lluvia pero a salvo dentro de casa, observo a través de la ventana el lento desplazamiento de nubarrones grises sobre un cielo color blanco sucio, pero también brillante. Se mueven de derecha a izquierda, arrastrándose sobre hileras de pinos oscuros, dándole a la tarde un toque gótico estupendo para estrenar noviembre.
(Rajmaninov, pretérito imperfecto)
Supongo que cuidarme también es enfrentarme a mis recuerdos hasta que dejen de hacerme daño. Ser consciente de que la ternura se termina donde empieza la censura y el desplante. De que todo el genio musical del mundo es nada comparado con una vida libre de violencia psicológica. Sin falsas expectativas, sin montañas rusas emocionales, sin reproches en ninguna dirección, sin ilusiones ni decepciones, sin silencios hirientes, sin rabia propia ni ajena, sin insomnio, sin fantasías. Sin locofobia ni misoginia. Bienvenido aburrimiento si es por ausencia de dolor.
Por mí que se queden solos los que no quieren estar con nadie. Por mí que se les llenen las noches de telarañas y silencios espectrales. Por mí que teman el devenir del mundo que más se parezca a lo que han sembrado. Por mí que lleguen a tiempo para desandar todos sus caminos y tenderse la mano a sí mismos, si acaso descubren a tiempo que no somos nada si no hay nadie con quien compartir lo que somos.
(Rajmaninov, pretérito imperfecto)
Supongo que cuidarme también es enfrentarme a mis recuerdos hasta que dejen de hacerme daño. Ser consciente de que la ternura se termina donde empieza la censura y el desplante. De que todo el genio musical del mundo es nada comparado con una vida libre de violencia psicológica. Sin falsas expectativas, sin montañas rusas emocionales, sin reproches en ninguna dirección, sin ilusiones ni decepciones, sin silencios hirientes, sin rabia propia ni ajena, sin insomnio, sin fantasías. Sin locofobia ni misoginia. Bienvenido aburrimiento si es por ausencia de dolor.
Por mí que se queden solos los que no quieren estar con nadie. Por mí que se les llenen las noches de telarañas y silencios espectrales. Por mí que teman el devenir del mundo que más se parezca a lo que han sembrado. Por mí que lleguen a tiempo para desandar todos sus caminos y tenderse la mano a sí mismos, si acaso descubren a tiempo que no somos nada si no hay nadie con quien compartir lo que somos.
domingo, 29 de octubre de 2017
En los cuentos de hadas, las princesas nunca tienen amigas
Con todo lo que me queda por disfrutar, la menor de mis preocupaciones debería ser que una relación tóxica me haya hecho estancarme alguna que otra vez. Puesto que resulta enormemente difícil encontrar personas hombres que se comprometan con el cuidado de los otros como base ética, y puesto que esa falta de cuidados saca lo peor de mí, quizás ahora toca mucho mucho pero mucho autocuidado.
A partir de ahora, vendrán una serie de entradas en las que profundizaré sobre ese tema. Me desperté esta mañana con un artículo de Coral Herrera a propósito del difícil arte de querernos a nosotras mismas dentro de una sociedad que no nos quiere, y que por lo tanto nos aboca a consumir para estar "guapas", a rivalizar entre nosotras y a dejarnos atrapar en relaciones de dependencia que poco consuelo pueden ofrecer, precisamente porque es la solución propuesta por el mismo sistema que nos odia sistemáticamente (se llama pariarcado, y nos tiene hartas).
Afortunadamente, existe el feminismo. En los últimos tiempos bálsamo, consuelo y refugio, y también fuerza, creatividad, alegría y valor. El feminismo siempre está ahí, encarnado en los abrazos de mis amigas, en su escucha generosa, en los cuidados como principio y en la lucidez de llamar a las cosas por su nombre. Porque no solo duelen los golpes, y porque no solo duele el daño recibido. También duele mucho, y agota, el desgaste de defenderse una y otra vez, de comprobar cómo, ante una relación que es como una serpiente oscura y pegajosa, yo también me vuelvo serpiente, y enveneno. Es un precio muy alto para el ridículo tamaño de las migajas de lo que sale bien.
.....
(Es la primera vez que hago esto, pero he decidido eliminar el último párrafo, y sustituirlo por este, por respeto a una persona que vale mucho la pena aunque no sea perfecta. Que vale mucho la pena precisamente por eso. A la que siempre le he deseado lo mejor, aunque no coincidiese con lo que deseaba yo)
A partir de ahora, vendrán una serie de entradas en las que profundizaré sobre ese tema. Me desperté esta mañana con un artículo de Coral Herrera a propósito del difícil arte de querernos a nosotras mismas dentro de una sociedad que no nos quiere, y que por lo tanto nos aboca a consumir para estar "guapas", a rivalizar entre nosotras y a dejarnos atrapar en relaciones de dependencia que poco consuelo pueden ofrecer, precisamente porque es la solución propuesta por el mismo sistema que nos odia sistemáticamente (se llama pariarcado, y nos tiene hartas).
Afortunadamente, existe el feminismo. En los últimos tiempos bálsamo, consuelo y refugio, y también fuerza, creatividad, alegría y valor. El feminismo siempre está ahí, encarnado en los abrazos de mis amigas, en su escucha generosa, en los cuidados como principio y en la lucidez de llamar a las cosas por su nombre. Porque no solo duelen los golpes, y porque no solo duele el daño recibido. También duele mucho, y agota, el desgaste de defenderse una y otra vez, de comprobar cómo, ante una relación que es como una serpiente oscura y pegajosa, yo también me vuelvo serpiente, y enveneno. Es un precio muy alto para el ridículo tamaño de las migajas de lo que sale bien.
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(Es la primera vez que hago esto, pero he decidido eliminar el último párrafo, y sustituirlo por este, por respeto a una persona que vale mucho la pena aunque no sea perfecta. Que vale mucho la pena precisamente por eso. A la que siempre le he deseado lo mejor, aunque no coincidiese con lo que deseaba yo)
sábado, 28 de octubre de 2017
Las niñas prodigio
Ante la duda y la zozobra, la biblioteca. Las mujeres que leen son peligrosas, y yo necesito armas por si se declara una guerra. Encuentro, o el libro me encuentra a mí, "Las niñas prodigio", de Sabina Urraca (ante la duda y la zozobra, en vena y sin anestesia).
Sabina Urraca me abraza con su escritura feminista autoparódica, y mientras cuenta cómo se sintió de todo menos poética el día que la invitaron a presenciar un parto natural, con su sangre, su caca y su susto... rompo a reír a carcajadas, sin freno, sin mañana, sin tiempo y sin espacio. Me río con la generosidad que regala Sabina compartiendo conmigo el reírse de sí misma, me río con ella en un acto de agradecimiento infinito, a ella y a todas las mujeres que con su ejemplo nos invitan a ser nosotras mismas. Una risa peligrosa, sin permiso ni perdón (en Halloween me disfrazo de escritora, que al parecer da muchísimo miedo)
Ese día empecé a dejar de quererlo. Estaba a mi lado y le molestó mi risa. "Histriónica", dijo. Luego vinieron los silencios violentos, esos con los que los hombres perfectos castigan a las niñas malas, a las que se ríen fuerte, a las que eructan en cualquier sitio, a las que tienen cuerpo y lo disfrutan. Mi cuerpo que ríe, que gime, que se enfada, que teclea con furia guasaps de autodefensa, que sabe hacer de todo menos olvidar a tiempo a quien le hace perder el tiempo. Mi cuerpo que se encariña y se pierde por esos senderos de escondrijo y matorral, de montañas rusas, de despertares tristes y euforias tan efímeras como el valor de sus palabras de amor.
Esta vez no hay grandes decisiones, no quiero decepcionarme a mí misma confundiendo marañas con etapas vitales. Hay un continuo de inestabilidad emocional que se circunscribe al otro como ilusión erótica. Fuera de ahí, todo lo demás es llevadero, agradable incluso. Hemos construido relaciones bonitas con amigas y amigos, playas paradisíacas donde nada ni nadie puede hacerme daño de verdad. Esa es mi fuerza, y esa fuerza siempre ha estado ahí. Aprendí de mis amigos gays primero, y de otras tantas amigas del activismo en salud mental y feminista después, la importancia de la amistad como resistencia, como espacio de vidas que importan. (Que mi vida no te importe dice mucho más de ti que de mí). Aprendí el valor del drama para desdramatizar, ahí es nada.
Esta vez no voy a enfadarme conmigo misma, ni con nadie. Me deslizaré tranquila por lo cotidiano, por lo intrascendente. Desde esta orilla contemplo la intensidad como algo que le pasa a los demás, mientras voy reuniendo motivos y razones que justifiquen abrirle la puerta de nuevo a cierta clase de vértigo, con menos prisa que un oso panda masticando una hoja de bambú a la hora de la siesta.
Sabina Urraca me abraza con su escritura feminista autoparódica, y mientras cuenta cómo se sintió de todo menos poética el día que la invitaron a presenciar un parto natural, con su sangre, su caca y su susto... rompo a reír a carcajadas, sin freno, sin mañana, sin tiempo y sin espacio. Me río con la generosidad que regala Sabina compartiendo conmigo el reírse de sí misma, me río con ella en un acto de agradecimiento infinito, a ella y a todas las mujeres que con su ejemplo nos invitan a ser nosotras mismas. Una risa peligrosa, sin permiso ni perdón (en Halloween me disfrazo de escritora, que al parecer da muchísimo miedo)
Ese día empecé a dejar de quererlo. Estaba a mi lado y le molestó mi risa. "Histriónica", dijo. Luego vinieron los silencios violentos, esos con los que los hombres perfectos castigan a las niñas malas, a las que se ríen fuerte, a las que eructan en cualquier sitio, a las que tienen cuerpo y lo disfrutan. Mi cuerpo que ríe, que gime, que se enfada, que teclea con furia guasaps de autodefensa, que sabe hacer de todo menos olvidar a tiempo a quien le hace perder el tiempo. Mi cuerpo que se encariña y se pierde por esos senderos de escondrijo y matorral, de montañas rusas, de despertares tristes y euforias tan efímeras como el valor de sus palabras de amor.
Esta vez no hay grandes decisiones, no quiero decepcionarme a mí misma confundiendo marañas con etapas vitales. Hay un continuo de inestabilidad emocional que se circunscribe al otro como ilusión erótica. Fuera de ahí, todo lo demás es llevadero, agradable incluso. Hemos construido relaciones bonitas con amigas y amigos, playas paradisíacas donde nada ni nadie puede hacerme daño de verdad. Esa es mi fuerza, y esa fuerza siempre ha estado ahí. Aprendí de mis amigos gays primero, y de otras tantas amigas del activismo en salud mental y feminista después, la importancia de la amistad como resistencia, como espacio de vidas que importan. (Que mi vida no te importe dice mucho más de ti que de mí). Aprendí el valor del drama para desdramatizar, ahí es nada.
Esta vez no voy a enfadarme conmigo misma, ni con nadie. Me deslizaré tranquila por lo cotidiano, por lo intrascendente. Desde esta orilla contemplo la intensidad como algo que le pasa a los demás, mientras voy reuniendo motivos y razones que justifiquen abrirle la puerta de nuevo a cierta clase de vértigo, con menos prisa que un oso panda masticando una hoja de bambú a la hora de la siesta.
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